Hay un momento que casi todos los meditadores con práctica establecida conocen bien: el período de interrupción. Semanas, a veces meses, en los que la práctica formal desaparece. No por elección deliberada, sino por acumulación de urgencias, cambios de vida, o simplemente porque la inercia de no practicar es más fuerte que la de practicar.
Volver después de ese período tiene una textura particular. No es como empezar de cero —el cuerpo y la mente recuerdan— pero tampoco es como si no hubiera pasado nada. Y con frecuencia aparece algo que complica el reencuentro: la comparación con lo que fuiste capaz de hacer antes.